Fue entonces, mientras estaba tumbada escuchando el silencio de la casa, cuando se me ocurrió.
La foto que me había hecho Lucía tenía que estar bien. Medio en broma, ella me había sugerido que la colgase en Facebook. Tenía razón: mi excusa para no hacerme un perfil era siempre la foto. Pero ahora contaba con una bastante presentable... y era una tentación.
Hacía tiempo que venía dándole vueltas. A través de Facebook, a lo mejor me resultaría más fácil relacionarme con la gente. Todas las cosas que me aturden de las relaciones sociales desaparecen cuando te relacionas por internet: los silencios incómodos, los gestos que sorprendes en la otra persona y que preferirías no haber visto, la entonación desagradable, las sonrisas que pueden significar todo lo contrario de lo que parece que significan... […]
Entonces me decidí. Estaba mirando la foto, y me di cuenta de que había salido realmente bien. Lucía tenía razón: parecía la
foto de otra persona, de una chica mucho más interesante y atrevida que yo.
El problema era que, si ponía esa foto junto a mi nombre, la gente que me conoce se reiría de mí. Ya me estaba imaginando las reacciones de algunas compañeras de clase: Ariadna, Noa, Isabel… Se avisarían unas a otras, probablemente. «¿Has visto el perfil que se ha hecho la payasa de Eva? Las molestias que se ha tomado para no parecer ella. Como si con eso pudiese engañar a alguien». Dejarían alguna broma en el muro, a lo mejor algún insulto. No son muy sutiles, que digamos. Lo que escriben en tu muro se puede borrar, pero de todas formas alguien lo vería. […]
Encontrar un nombre no fue tan fácil como yo esperaba. Es increíble, pero todas las combinaciones de nombres y apellidos normales que ensayé parecían estar ocupadas. Probé con Sonia y unos cuantos apellidos. Luego me cansé de Sonia y empecé a probar con Clara, que es un nombre que siempre me ha gustado. Nada, no había manera. Todavía me encontraba en la fase de crear un correo electrónico para hacerme la cuenta en Facebook. […] Entonces cambié al nombre de Julia. Siempre me ha parecido un nombre muy literario, de persona interesante, no sé. El apellido «Espada» me vino de pronto a la cabeza. No sé dónde lo había oído; puede que fuese el apellido de algún cliente de mi padre. [...]
Ahora pienso en lo que hice y lo veo como lo que realmente fue: una gran estupidez. Pero entonces me pareció una idea brillante. Y algo más, también... una especie de oportunidad. «Sin riesgos», recuerdo que me dije a mí misma, «sin ningún riesgo». Porque, al fin y al cabo, si la gente no se precipitaba a solicitar la amistad de Julia Espada en Facebook, ¿en qué me afectaba eso a mí? Ella no tenía nada que ver conmigo...
Ella no era yo.
Alonso, A./ Peregrín, J. (2015). El libro de los rostros. SM