
Desde hace más de cinco mil años una de las actividades más relevantes de la humanidad es el intercambio de productos, en otras palabras, el comercio. Esto trajo consigo la necesidad de medir y/o pesar aquellos productos destinados al cambio o la venta. Así los egipcios ya disponían de un aparato que sería el precursor de la balanza, con una columna a la que se ataba una vara o palo dispuesta simétricamente, que en sus límites sostenían unas bandejas mediante cuerdas. Este invento se fue perfeccionando hasta nuestros días.
Por su parte, los romanos, no se quedaron atrás, dos siglos antes del nacimiento de Cristo ya disponían de lo que se dio en llamar “la romana de gancho”, que, a diferencia de la egipcia, consistía en dos brazos de distinto tamaño (no simétrica).
Basada en la palanca y su ley, en el momento de la pesada se situaba el objeto a pesar colgado del brazo mas corto, este brazo podía tener o bien un gancho o una bandeja encima de la cual se colocaba el producto a pesar, en el brazo más largo, que estaba graduado, se colocaba un contrapeso (en latín aequipondium) de manera que la balanza se equilibrara, normalmente era una pieza de hierro macizo, la propia situación del contrapeso, una vez equilibrada, indicaba la cantidad.
No eran aparatos de gran precisión, como las básculas actuales, pero el empleo de materiales resistentes al paso del tiempo, como el acero inoxidable, pueden permitir la pesada hasta los gramos con total fiabilidad.
La facilidad en su transporte, construcción y empleo hizo que este tipo de balanza fuera muy usada en Galicia hasta nuestros días.
En las últimas décadas fueron sustituidas por las balanzas de muelles y más tarde por las electrónicas por su precisión, aunque no es difícil ver alguna de ellas en nuestros mercados y plazas de abastos.