Jean M. Auel

El grupo de viajeros atravesó el río un poco más allá de la cascada, eran veinte, jóvenes y viejos. El Clan había contado veintiséis miembros antes del terremoto que destruyó su cueva. Dos hombres abrían el paso, muy adelante de un núcleo de mujeres y niños flanqueados por un par de hombres mayores. Los varones jóvenes formaban la retaguardia.

Seguían el ancho río, que iniciaba su rumbo sinuoso, lleno de meandros, a través de la estepa, y observaron a las aves de rapiña volando en círculos. Si aún volaban significaba que lo que había llamado su atención seguía con vida. Los hombres que iban adelante apretaron el paso para investigar. Un animal herido era presa fácil para los cazadores, siempre que algún cuadrúpedo depredador no abrigara las mismas intenciones.

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Una mujer, más o menos a mediados de su primer embarazo, avanzaba delante de las demás mujeres. Vio a los dos hombres guía mirar el suelo y seguir su camino. “Debe ser un carnívoro”, pensó; el Clan no solía comer animales carnívoros.

Cuando la mujer vio a la criatura que los hombres habían dejado atrás, se quedó intrigada por lo que parecía un animal sin pelo. Pero al acercarse, se quedó boquiabierta y retrocedió un paso, aferrando la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada del cuello en un gesto inconsciente para apartar los espíritus desconocidos. Tocó los pequeños objetos que llevaba en su amuleto, invocando protección, y se inclinó cerca para ver, sin atreverse a dar un paso pero sin conseguir creer que estaba viendo lo que realmente creía ver.

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Sus ojos no la habían engañado: ¡no era un animal lo que había atraído a las aves de rapiña, era una niña, una niña flaca y de aspecto extraño!

La mujer echó una mirada alrededor, preguntándose qué otros temibles enigmas podrían hallarse cerca, y empezó a rodear a la niña inconsciente, pero oyó un gemido. La mujer se detuvo y, olvidando sus temores, se arrodilló junto a la niña y la sacudió suavemente. La curandera comenzó a desatar la cuerda que mantenía cerrada la bolsa de nutria tan pronto como vio la infección de los arañazos y la pierna hinchada al rodar la niña sobre sí misma.
El hombre que iba a la cabeza de la tribu miró hacia atrás y al ver a la mujer arrodillada junto a la niña, volvió sobre sus pasos.

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— ¡Iza! —Ordenó—. ¡Ven! Hay huellas del león cavernario y de su huida más adelante.
— ¡Es una niña, Brun! Está lastimada pero no muerta —replicó.
Brun miró a la niña flaca de frente alta, nariz pequeña y rostro curiosamente plano.
—No es del Clan —declaró el jefe con un ademán, y se volvió para reanudar su marcha.
—Brun, es una niña y está herida. Morirá si la dejamos aquí. —Los ojos de Iza rogaban mientras se expresaba con ademanes de sus manos.

El jefe del pequeño clan se quedó mirando a la mujer que imploraba. En mucho más alto que ella, medía más de un metro cincuenta con músculos pesados y potentes, un pecho abultado y fuertes piernas arqueadas.

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El modelo de sus rasgos era similar aunque más pronunciado: nariz más grande y arco superciliar abultado. Sus piernas, estómago y pecho así como la parte superior de su espalda estaban cubiertos de pelos morenos y ásperos que no constituían una pelambre pero casi, casi. Una barba tupida ocultaba su quijada sin barbilla. Su manto también se parecía al de ella pero no era tan completo sino más corto y atado de distinta manera, con menos dobleces y bolsas para guardar cosas.

No llevaba carga, sólo su manto exterior de pieles, colgado de su espalda por una ancha banda de cuero enrollada a su frente inclinada, y sus armas. Sobre su muslo derecho había una cicatriz, ennegrecida como un tatuaje más o menos en forma de U con las ramas superiores hacia afuera: era la marca del bisonte, su tótem.

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No necesitaba señal ni adorno alguno para identificar su liderazgo. Su porte y la deferencia que los demás le mostraban evidenciaban suficientemente su posición.
Retiró del hombro el garrote que llevaba y lo apoyó en el suelo —era una larga pata delantera de caballo— sosteniéndola contra su muslo, y comprendió que estaba considerando seriamente la súplica que ella le hiciera.

A Brun no le gustaba tomar decisiones apresuradas respecto a nada insólito que pudiera afectar a su Clan, especialmente ahora que estaban sin hogar, y resistió al impulso de negarse de buenas a primeras. “Debería haber sabido que Iza querría ayudarla —pensó—, inclusive ha hecho uso de magia curativa algunas veces con animales, sobre todo con crías. Se va a perturbar si no le permito ayudar a esta niña.

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Que sea del Clan o de los Otros, no hay diferencia: lo único que ve es una criatura lastimada. Bueno, quizá eso haga de ella una curandera tan buena.

“Pues que recoja a la niña —se dijo—. Pronto se cansará de llevar a cuestas esa carga adicional, y la niña se encuentra tan mal que ni siquiera la magia de mi hermana será lo suficientemente fuerte para salvarla”. Brun recogió sus armas y se encogió de hombros evadiendo la respuesta. A ella le correspondía tomar la decisión: Iza podría llevarse a la niña con ellos o no, como quisiera. Brun se dio vuelta y siguió su camino a grandes trancos.

Iza metió la mano en su canasta y sacó un manto de cuero; cubrió con él a la niña, la envolvió bien, la alzó en vilo y la aseguró a su cadera con la piel flexible, sorprendida al sentir

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que poco pesaba para su estatura.

La niña gimió al sentirse alzada, entonces Iza la acarició para tranquilizarla antes de echar a andar detrás de los dos hombres.

Las demás mujeres se habían detenido, manteniéndose alejadas de la conversación entre Iza y Brun. Cuando vieron que la curandera recogía algo y se lo llevaba, sus manos volaron en rápidos ademanes, puntuados de vez en cuando por unos cuantos sonidos guturales, discutiendo el asunto con mucha curiosidad.

Con excepción de la bolsa de nutria, el resto de su vestimenta era igual a la de Iza y llevaban tanta carga como ella. Entre todas llevaban a cuestas todas las posesiones

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terrenales del Clan, lo que se había podido salvar de los escombros después del terremoto.

Dos de las siete mujeres llevaban niños de pecho entre los repliegues de sus cobijas, facilitando así el darles de mamar. Mientras estaban esperando, una de ellas sintió una gota de humedad caliente, sacó a su hijito desnudo del pliegue y lo sostuvo mientras terminaba de orinar. Cuando no viajaban, los niños solían estar envueltos en suaves mantillas de piel. Para absorber la humedad y las defecaciones lechosas, se acumulaban a su alrededor diversos materiales que podían ser vellón de ovejas silvestres atrapado en matorrales espinosos cuando los musmones estaban de muda o plumón del pecho de aves. Pero mientras viajaban, era más fácil y más sencillo llevar a los bebés desnudos y, sin dejar de andar, permitir que hicieran sus cosas sobre el suelo.

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Cuando reanudaron la marcha, una tercera mujer recogió a un niño, sosteniéndolo contra su cadera con un manto de cuero para cargar, pero al cabo de un corto rato el chiquillo empezó a agitarse para bajar al suelo y andar solo. La madre lo dejó ir, pues bien sabía que regresaría con ella tan pronto como se sintiera cansado. Una muchacha mayor que todavía no era mujer pero que llevaba la misma carga que las demás, caminaba detrás de la mujer que seguía a Ha, volviendo la mirada de vez en cuando hacia atrás, hacia un mozo que casi en un hombre y que avanzaba detrás de las mujeres. El se arreglaba para dejar entre ellas y él una distancia suficiente de modo que pareciera que formaba parte del grupo de tres cazadores que constituían la retaguardia, y no que fuera un niño. Deseaba tener también alguna pieza de caza para llevar, e inclusive envidiaba al viejo, uno de los dos que flanqueaban a las mujeres, que llevaba una enorme liebre al

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hombro, derribada por su propia honda.

Los cazadores no eran el único recurso de que disponía el Clan para su alimento. Con frecuencia las mujeres aportaban la mayor parte, y ésta era la más segura. A pesar de sus cargas, iban merodeando mientras viajaban, y lo hacían con tanta eficiencia que apenas retrasaban su marcha. Una mancha de azucenas amarillas era prontamente desprovista de capullos y flores, y raíces nuevas y tiernas quedaban al punto expuestas con unos cuantos golpes de los palos para cavar. Las raíces de la espadafia, arrancadas bajo la superficie de aguas pantanosas, eran todavía más fáciles de arrancar.

Si no hubieran estado de viaje, las mujeres habrían tenido buen cuidado de recordar la ubicación de las altas plantas

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talludas para volver, cuando la estación estuviera más avanzada, a recoger las colas tiernas de arriba, como verdura. Más adelante aún, el polen amarillo mezclado con almidón sacado a golpes de las fibras de raíces viejas, proporcionaría bizcochos pastosos sin levadura. Una vez secas las partes de arriba; se recogería la borra; y algunas de las canastas estaban hechas con tallos y hojas duras. Ahora sólo recogían lo que encontraban, pero no se pasaba mucho por alto.

Cortaban los brotes nuevos y las ligas tiernas del trébol, la alfalfa, el diente de león; arrancaban las púas del cardo antes de cortado y recogían unas pocas bayas y frutas precoces. Los agudos palos de cavar se veían constantemente ocupados, y nada estaba a salvo de su punta en las hábiles manos femeninas.

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Se empleaban como palanca para dar vuelta a troncos caídos en busca de tritoncitos y deliciosos gusanos gordos; moluscos de agua dulce eran pescados en los ríos y acercados a la ribera para facilitar su captura; y diversidad de bulbos, tubérculos y raíces eran sacados de la tierra.

Todo ello iba depositándose en los prácticos repliegues de los mantos de las mujeres o en algún rincón vacío de sus canastas. Las hojas verdes grandes servían para envolver; algunas de ellas, como las de bardana, se cocían como verduras. Las ramillas y la hierba así como el excremento de los herbívoros también se recogían. Aun cuando la selección sería más variada una vez que el verano avanzara, había alimentos abundantes… para quien sabía dónde buscar.

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Iza alzó la mirada cuando un anciano, de más de treinta años, llegó cojeando hasta ella una vez que hubieron reanudado la marcha.

Era también hermano de Iza y Brun, el mayor, y habría sido jefe de no haber nacido tullido. Llevaba un manto de cuero cortado como el de los demás hombres con su piel peluda por fuera —la cual usaba también para dormir— sobre sus espaldas, como los demás hombres. Pero de la correa que le rodeaba la cintura llevaba colgadas varias bolsas, y un manto del mismo estilo que empleaban las mujeres envolvía un gran bulto que cargaba a su espalda.

El lado izquierdo de su rostro tenía horribles cicatrices y le faltaba un ojo, pero el derecho estaba bien y destellaba inteligencia junto con algo más.

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A pesar de su cojera, se movía con una gracia que provenía de su gran sabiduría y de la seguridad que tenía de su puesto dentro del Clan. Era Mog-ur, el mago más potente, más imponente, y el hombre santo más reverenciado de todos los clanes. Estaba convencido de que su cuerpo arruinado le había sido dado para que pudiera ocupar el lugar de intermediario ante el mundo espiritual y no a la Cabeza de su Clan. En muchos aspectos su poder era mayor que el de cualquier jefe, y él lo sabía. Sólo sus parientes próximos recordaban el nombre que le fue dado al nacer, y lo usaban al hablarle.

—Creb —dijo Iza saludándolo y reconociendo su llegada con un movimiento que significaba el agrado que le proporcionaba su presencia.

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— ¿Iza? señalo él con un gesto hacia la criatura que ella llevaba. La mujer abrió su manto y Creb miró detenidamente el rostro menudo y encendido.

Su mirada llegó hasta la pierna hinchada la herida que supuraba antes de volver hacia el rostro de la curandera y leer en sus ojos. La niña gimió y la expresión de Creb se ablandó. Afirmó con un gesto de la cabeza.

—Bueno —dijo. El sonido era ronco y gutural. Entonces hizo una señal como para indicar: “Ya han muerto muchos.”
Creb se quedó junto a Iza. No tenía que someterse a las reglas tácitas que definían la posición de cada persona y su situación; él podía caminar junto a cualquiera, incluyendo al jefe si así lo deseaba. Mog-ur estaba por encima y aparte de la estricta jerarquía del Clan.

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Brun se apartó del río y condujo a su Clan hacia el talud que brindaba la posibilidad de cuevas. Si no se encontraba un lugar permanente para los espíritus totémicos, dejarían el Clan a merced de los perversos, que causaban enfermedades y alejaban la caza. Todos estaban preocupados pero ninguno de ellos lo estaba tanto como Brun.

El Clan era su responsabilidad, y él sentía la tensión a que estaba sometido. Ninguna de las cuevas que había visitado hasta entonces era conveniente —cada una de ellas carecía de alguna condición esencial— y empezaba a desesperar. Valiosos días cálidos durante los cuales deberían haber estado almacenando alimentos para el invierno siguiente se estaban perdiendo en la búsqueda de un nuevo hogar. Pronto se vería obligado a resguardar a su Clan en una cueva

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que distaría mucho de ser adecuada, y habría que reanudar la búsqueda al día siguiente.

Cuando llegaron cerca de una cascada que caía desde el risco Brun mandó que se detuvieran. Cansadamente, las mujeres, dejaron su carga en el suelo y se desplegaron a la orilla de la poza que estaba abajo y de su arroyo, en busca de leña.

Iza tendió su manto de piel y acostó a la niña encima. Estaba preocupada por la niña: tenía la respiración corta y aún no se había movido; inclusive su gemido era menos frecuente. Iza había estado pensando en la manera de ayudarla recordando las hierbas secas que llevaba en su bolsa de nutria. Para ella, ya le fuera conocido o no, todo tenía algún valor, medicinal o alimenticio, pero era poco lo que

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no supiera identificar. Arrancó una suave corteza grisácea de un joven aliso que crecía junto a la poza y la olfateó: desprendía un fuerte aroma y la curandera aprobó con un gesto de la cabeza mientras lo metía en un pliegue de su cobija. Antes de volver a toda prisa junto a las demás arrancó varios puñados de hojas nuevas de trébol.

Cuando se reunió toda la leña y se preparó el sitio para encender el fuego, Grod, descubrió un ascua encendida envuelta en musgo y sumida en el extremo vacío de un asta de bisonte. Podían prender fuego, pero mientras viajaban por territorio desconocido era más fácil llevar un carbón desde un campamento y mantenerlo encendido para iniciar el siguiente en vez de dedicarse noche a noche a encender uno nuevo con materiales posiblemente inadecuados.

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El mantenimiento del fuego sólo podía confiarse a un varón de alta posición. Si el carbón se apagara, sería una señal segura de que sus espíritus protectores los habían abandonado, y Grod sería degradado de “segundo al mando” hasta la posición varonil más baja del Clan.

Con los mismos afilados cuchillos de piedra que empleaban para despellejar y cortar la carne, las mujeres raspaban y rebanaban raíces y tubérculos. Canastas tejidas apretadamente, que podían contener agua, y tazones de madera, fueron llenados de agua, y entonces se introdujeron adentro piedras calientes. Una vez frías, las piedras volvían a meterse en el fuego mientras otras calientes se agregaban al agua para hacerla hervir y cocer las verduras. Se tostaron gordos gusanos hasta que se tornaran quebradizos bajo los dientes, y se asaron lagartijas.

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Iza efectuó sus propios preparativos mientras ayudaba a hacer la comida. En un tazón de madera que había ahuecado en un trozo de tronco muchos años atrás, puso agua a hervir. Lavó las raíces de lirio y las masticó hasta hacer con ellas una pulpa que escupió dentro del agua hirviendo. En otro tazón aplastó hojas de trébol midió cierta cantidad de lúpulo en polvo en su mano hizo tiritas la corteza de aliso y vertió encima agua hirviendo. Entonces molió carne seca y dura de sus raciones de conserva para emergencias hasta formar una tosca papilla entre dos piedras, mezclando después la proteína concentrada con agua que había servido para cocer las verduras, en un tercer tazón.

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Iza observó con gratitud silenciosa cuando Creb se acercó a la niña inconsciente, la contempló reflexivamente un buen rato y después, apoyando su báculo contra una roca, se puso a hacer movimientos ondeantes por encima de ella, con su única mano: una solicitud a los espíritus benévolos, para que la ayudaran a restablecerse. La enfermedad y los accidentes eran manifestaciones misteriosas de la guerra entre los espíritus, que combatían en el campo de batalla que era el cuerpo. La magia de Iza procedía de espíritus protectores que actuaban por intermedio de ella, pero ninguna curación era completa sin el hombre santo. Una curandera era únicamente agente de los espíritus: un mago intercedía directamente ante ellos.

Con suavidad, a la vez que con un cuidado experto, Iza lavó las heridas con un trozo de piel de conejo porosa,

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previamente empapada en el líquido caliente en que había hervido la raíz de lirio. Entonces quitó la pulpa roja, la puso directamente sobre las heridas, la cubrió con la piel de conejo y envolvió la pierna de la niña en tiras de gamuza suave para mantener la cataplasma en su sitio. Quitó del tazón de hueso el trébol molido, las tiras de corteza de aliso y las piedras con una ramita bifurcada, y lo puso a enfriar junto al tazón de caldo caliente.

—Esto destruye los malos espíritus que causan infección —explicó Iza con gestos, señalando la solución antiséptica de raíz de lirio—. Una cataplasma de raíz extrae los venenos y ayuda a sanar la herida. —Recogió el tazón de hueso y metió un dedo para comprobar la temperatura—. El trébol fortalece el corazón para combatir contra los malos espíritus... lo estimula.

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—El trébol es alimento. Anoche lo comimos —señaló Creb.
—Si —asintió Iza— y también esta noche. La magia consiste en la manera de prepararlo. Un manojo hervido en poca agua extrae lo necesario, y se tiran las hojas. —Creb asintió, comprendiendo, y ella prosiguió—: La corteza de aliso limpia la sangre, la purifica, saca a los espíritus que la envenenan.
—También has empleado algo de tu bolsa de medicinas.
—Lúpulo pulverizado, los conos maduros con pelillos, para calmarla y hacerla dormir. Mientras pelean los espíritus, ella necesita descansar.
— ¿Y el otro tazón? —preguntó.
—Es sólo caldo. La pobre criatura está medio muerta de hambre. ¿Qué crees tú que haya podido sucederle? ¿De dónde vendrá? ¿Dónde estará su gente? Seguramente anduvo vagando por ahí días enteros.

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—Sólo los espíritus lo saben —replicó Mog-ur—. ¿Estás segura de que tu magia curativa obrará efecto en ella? No es del Clan.
—Debería obrar; también los Otros son humanos. ¿Recuerdas que nuestra madre nos contaba la historia de aquel hombre con el brazo roto, al que su madre ayudó? La magia del Clan surtió efecto en él, aun cuando decía nuestra madre que le tomó más tiempo despertar, después de la medicina para dormir, de lo que se esperaba.

Iza volvió a examinar sus tazones, y entonces, colocando la cabeza de la niña sobre su regazo, se puso a alimentarla a pequeños sorbos con el contenido del tazón de hueso. Fue más fácil darle el caldo. La niña murmuró algo incoherente y trató de apartar la medicina amarga, pero inclusive en su delirio, su cuerpo hambriento anhelaba comer, Iza la sostuvo

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hasta que se sumió en un sueño tranquilo; luego comprobó los latidos de su corazón y su respiración. Había hecho todo lo que podía. Y la niña no estaba demasiado acabada, tenía una oportunidad. Ahora les correspondía a los espíritus y a la fuerza interior de la niña.

Iza vio a Brun que se acercaba a ella mirándola con disgusto. Se levantó rápidamente y corrió para ayudar a servir la cena. El jefe había apartado de su mente a la niña extraña, una vez pasada su reflexión inicial, pero ahora abrigaba ciertas reservas. Comenzó a temer que la ira de los espíritus se acentuara más por la extraña que había entre ellos. Creb lo vio y se lo llevó aparte.

— ¿Pasa algo malo, Brun? Pareces preocupado.

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—Iza debe dejar aquí a la niña, Mog-ur; no es del clan; los espíritus se van a disgustar si sigue con nosotros mientras buscamos una caverna nueva. No debería haber permitido yo que Iza la trajera.
—No, Brun —lo contradijo Mog-ur—, los espíritus protectores no están enojados por la bondad. Ya conoces a Iza: no puede soportar ver que algo sufre sin tratar de ayudar. ¿No crees que también los espíritus la conocen? Si no quisieran que Iza la ayudara, la niña no habría sido puesta en su canto. Tiene que haber alguna razón para ello. De todos modos la niña puede morir, Brun, pero si Ursus quiere llamarla al mundo de los espíritus, deja que él tome la decisión. Ahora no interfieras. Seguramente morirá si la dejamos aquí.

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A Brun no le gustaba... había algo en la niña que lo molestaba, pero sometiéndose a la sabiduría de Mog-ur, mayor que la suya en lo referente al mundo de los espíritus, dio su consentimiento.

Creb, en vez de meditar sobre la ceremonia de esa noche, estaba pensando en la niña. A menudo había sentido curiosidad sobre su especie, pero la gente del Clan evitaba a los Otros en lo posible, y él nunca había visto a una cría de ellos hasta ahora. Sospechaba que el terremoto tenía algo que ver con que anduviera sola, aun cuando le sorprendía que hubiera gente de aquélla tan cerca. Por lo general vivían mucho más al norte.

Mog-ur se mantuvo aparte mientras cada uno de los hombres llegaba y ocupaba su lugar detrás de las piedras

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que habían sido ordenadas en un pequeño círculo de antorchas más amplio. El mago esperó a que todos los hombres hubieran tomado asiento y un poco más, y entonces avanzó al centro del circulo con una rama ardiente de madera aromática. Puso la pequeña antorcha en el piso delante del lugar vacío detrás del cual estaba su báculo.

De repente, con un gesto ceremonioso, presentó una calavera. La tuvo muy por encima de su cabeza con su fuerte brazo izquierdo y la hizo girar lentamente formando un círculo completo, para que cada uno de los hombres pudiera ver la forma grande, característica, abombada. Los hombres se quedaron mirando la calavera del oso cavernario que brillaba, blanca, a la luz vacilante de las antorchas la puso enfrente de la pequeña antorcha que había en el suelo y se agachó detrás de ella, cerrando el círculo.

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Los hombres comenzaron a golpear la tierra rítmicamente con el extremo romo de sus lanzas. El sordo golpeteo de las lanzas pareció intensificarse hasta que no se oyó ningún sonido.

—Espíritu del Bisonte, tótem de Brun —entonó Mog-ur. En realidad sólo pronunció una palabra: Brun. Lo demás se dijo en gestos de su única mano sin vocalizar más palabras. Los movimientos concretos, el viejo lenguaje mudo empleado para comunicarse con los espíritus y con otros clanes cuyas pocas palabras guturales y gestos de las manos eran distintos, fue lo que vino después. Con símbolos silenciosos, Mog-ur imploró al Espíritu del Bisonte que les perdonara cualesquiera culpas que tuvieran y que lo hubieran ofendido, y solicitaban su ayuda.

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Todos sabían lo que vendría después ya que la ceremonia no cambiaba nunca; era la misma, noche tras noche pero aun así se sentían a la expectativa. Esperaban que Mog-ur apelara al Espíritu de Ursus, el gran oso cavernario, su tótem personal y el más reverenciado entre los espíritus.

Ursus era algo más que el tótem de Mog-ur; era el tótem de todos y más que tótem. Era Ursus el que hacía de ellos un Clan. Era el espíritu supremo, el protector supremo. La veneración de que era objeto el Oso Cavernario en el factor común que los unía, la fuerza que soldaba a todos los clanes autónomos separados en un solo pueblo, el Clan del Oso Cavernario.
Cuando el mago tuerto juzgó el momento oportuno hizo una seña. Los hombres dejaron de golpear y se sentaron detrás de sus piedras, pero el pesado ritmo del golpeteo

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anterior corría por su sangre y seguía retumbando en sus cabezas.

Mog-ur buscó en una pequeña bolsa y sacó un puñado de esporas secas de licopodio. Manteniendo su mano por encima de la antorcha pequeña, se inclinó hacia adelante y sopló al tiempo que las dejaba caer sobre la llama. Las esporas se encendieron y cayeron, espectacularmente brillantes alrededor de la calavera en una brillantez de luz de magnesio, formando un agudo contraste con la oscura noche.

La calavera brilló, pareció cobrar vida. Una lechuza ululó en un árbol próximo, como a la orden, agregando su sonido inquietante al pavoroso esplendor.
—Gran Ursus, protector del Clan muéstranos un nuevo

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hogar como lo hizo el Oso Cavernario al mostrar al Clan cómo vivir en cuevas y cubrirse con pieles. Protege a tu Clan contra la Montaña del Hielo y el Espíritu de la Nieve granulada que la creó y del Espíritu de las Ventiscas, su compañero. Este Clan quiere suplicar al gran Oso Cavernario que nada malo suceda mientras esté sin hogar. A ti, el más venerado de todos los Espíritus, tu Clan, tu pueblo pide al Espíritu del Poderoso Ursus unirse a él mientras realiza su viaje hacia el principio.

Cuando ya todos dormían, mientras Mog-ur estaba sentado, solitario, en la llanura abierta viendo cómo las últimas antorchas chisporroteaban antes de apagarse, pensó en la extraña niña que Iza había hallado, y su incomodidad aumentó hasta convertirse en algo físico.

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Ya había visto anteriormente a gente de su especie y no muchos de los encuentros casuales habían sido agradables. De dónde provenían seguía siendo un misterio —esa gente era recién llegada a aquellas tierras—, pero desde que habían llegado, las cosas habían estado cambiando. Parecían traer el cambio consigo.

Creb se encogió de hombros como para sacudirse la incomodidad que lo había invadido, envolvió cuidadosamente la calavera del oso cavernario en su manto, tendió la mano hacia su báculo y llegó cojeando a su cama.

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Adaptación del capítulo 2 de la obra:
"El Clan del Oso Cavernario"
de Jean M. Auel.