3.14 Recomendaciones de lectura de textos de la li-teratura castellana del siglo XX

Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido más y podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú. En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad.

Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.

Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.

- "Cada cual debe hacer lo que quiera" decía.

El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.

- "¿De veras se iría usted con un hombre?" le preguntaba Andrés.

- "Si me quiere de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después."

Pío Baroja, fragmento de El árbol de la ciencia (1911)

 

EL PAISAJE ES UN SILENCIO

El paisaje es un silencio

con forma. La tarde muere.

La llanura está amarilla,

rayada por venas verdes

de los olivares castos

que en las montañas se pierden.

Manto amarillo reseco

con los bloques de las mieses.

El cielo piensa amarillo

en un prado pastoril

de tréboles y de hinojos.

Me ayuda a cantar gentil

la ternura verde y seria

de un dulce chopo infantil.

Federico García Lorca, Poesía inédita de juventud (1917-1918)

 

NO DECÍA PALABRAS

No decía palabras

acercaba tan solo un cuerpo interrogante,

porque ignoraba que el deseo es una pregunta

cuya respuesta no existe,

una hoja cuya rama no existe,

un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,

remonta por las venas

hasta abrirse en la piel,

surtidores de sueño

hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,

una mirada fugaz entre las sombras,

bastan para que el cuerpo se abra en dos,

ávido de recibir en sí mismo

otro cuerpo que sueñe;

mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,

iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Luis Cernuda, Los placeres prohibidos (1931)

 

 

La forma de querer tú

es dejarme que te quiera.

El sí con que te me rindes

es el silencio. Tus besos

son ofrecerme los labios

para que los bese yo.

Jamás palabras, abrazos,

me dirán que tú existías,

que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,

mapas, augurios, teléfonos;

tú, no.

Y estoy abrazado a ti

sin preguntarte, de miedo

a que no sea verdad

que tú vives y me quieres.

Y estoy abrazado a ti

sin mirar y sin tocarte.

No vaya a ser que descubra

con preguntas, con caricias,

esa soledad inmensa

de quererte solo yo.

Pedro Salinas: La voz a ti debida (1933)

 

 

Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones, en lazos y en muchas codicias locas y perniciosas que hunden a los hombres en la perdición y en la ruina, porque la raíz de todos los males es la avaricia, y por eso mismo me será muy difícil perdonarte, cariño, por mil años que viva, el que me quitases el capricho de un coche. Comprendo que a poco de casarnos eso era un lujo, pero hoy un Seiscientos lo tiene todo el mundo, Mario, hasta las porteras si me apuras, que a la vista está. Nunca lo entenderás, pero a una mujer, no sé como decirte, le humilla que todas sus amigas vayan en coche y ella a patita, que, te digo mi verdad, pero cada vez que Esther o Valentina o el mismo Crescente, el ultramarinero, me hablaban de su excursión del domingo me enfermaba, palabra. Aunque me esté mal decirlo, tú has tenido la suerte de dar con una mujer de su casa, una mujer que de dos saca cuatro y te has dejado querer, Mario, que así qué cómodo, que te crees que con un broche de dos reales o un detallito por mi santo ya está cumplido, y ni hablar, borrico, que me he hartado de decirte que no vivías en el mundo pero tú, que si quieres. Y eso, ¿sabes lo que es, Mario? Egoísmo puro, para que te enteres, que ya sé que un catedrático de Instituto no es un millonario, ojalá, pero hay otras cosas, creo yo, que hoy en día nadie se conforma con un empleo. Ya, vas a decirme que tú tenías tus libros y “El Correo”, pero si yo te digo que tus libros y tu periodicucho no nos han dado más que disgustos, a ver si miento, no me vengas ahora, hijo, líos con la censura, líos con la gente y, en sustancia, dos pesetas. Y no es que me pille de sorpresa, Mario, porque lo que yo digo, ¿quién iba a leer esas cosas tristes de gentes muertas de hambre que se revuelcan en el barro como puercos? Vamos a ver, tú piensa con la cabeza, ¿quién iba a leer ese rollo de “El Castillo de Arena” donde no hablas más que de filosofías?

Miguel Delibes, fragmento de Cinco horas con Mario (1966)

 

 

 

NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan solo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma, Poemas póstumos (1968)

 

 

TOMÁS.- ¿Por qué... todo...?

ASEL.- El mundo no es tu paisaje. Está en manos de la rapiña, de la mentira de la opresión. Es una larga fatalidad. Pero no nos resignamos a las fatalidades y debemos anularlas.

TOMÁS.- ¿Nosotros?

ASEL.- Sí. Aunque estemos cansados. (Baja la voz.). Aunque nos espante marcharnos y mentir.

TOMÁS.- (Que esta pensando.) ¿Luchaba yo también?

ASEL.- Sí.

TOMÁS.- ¿Contigo?

ASEL.- En cierto modo.

TOMÁS.- Sí. Empiezo a recordar (Se pasa la mano por la frente). Pero a ti no te recuerdo.

ASEL.- Nunca me viste [antes de venir aquí] Pero teníamos cierta relación.

TOMÁS.- ¿Cuál?

ASEL.- (Le oprime el hombro.) Si la recuerdas, yo te ayudaré a comprender lo sucedido.

TOMÁS.- (Después de un momento.) Víctimas...

ASEL.- Así es.

TOMÁS.- ¿Sin remedio?

ASEL.- No, no. Con remedio siempre.

Antonio Buero Vallejo: fragmento de La Fundación(1974)

 

 

El mismo Serramadriles, que habría podido ser mi com¬pañero idóneo, era demasiado simple, demasiado vacío: un buen compañero de farras, pero un pésimo conversa¬dor. En cierta ocasión, comentando el problema obrero, le oí decir:

–Los obreros solo saben hacer huelgas y poner petar¬dos, ¡y todavía pretenden que se les dé la razón!

A partir de aquel momento ya no volví a manifestar mis opiniones en su presencia. En cambio Lepprince, a pe¬sar de ocupar una posición menos incomprometida que la de Serramadriles, era más reflexivo en sus juicios. Una vez, divagando sobre el mismo tema, me dijo:

–La huelga es un atentado contra el trabajo, función primordial del hombre sobre la tierra; y un perjuicio a la sociedad. Sin embargo, muchos la consideran un medio de lucha por el progreso.

Y añadió:

–¿Qué extraños elementos interfieren en la relación del hombre con las cosas?

Por supuesto, no simpatizaba con los movimientos proletarios, ni con ninguna de las teorías obreristas sub¬versivas, pero tenía, respecto a la actitud revolucionaria, una visión más amplia y comprensiva que los de su clase.

–En este mundo moderno que nos ha tocado vivir, donde los actos humanos se han vuelto multitudinarios, como el trabajo, el arte, la vivienda e incluso la guerra, y donde cada individuo es una pieza de un gigantesco mecanismo cuyo sentido y funcionamiento desconocemos, ¿qué razón se puede buscar a las normas de comporta¬miento?

Era individualista ciento por ciento y admitía que los demás también lo fuesen y buscasen la obtención, por to¬dos los medios a su alcance, del máximo provecho. No ha¬cía concesiones a quien se interponía en su camino, pero no despreciaba al enemigo ni veía en él la materialización del mal, ni invocaba derechos sagrados o principios ina¬movibles para justificar sus acciones.

Eduardo Mendoza: fragmento de La verdad sobre el caso Savolta (1975)

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